La felicidad no duró mucho para nosotros. Mi papá empezó a
tomar otra vez, cada vez más, hasta que mi mamá se cansó y salimos huyendo de
nueva cuenta a la capital con mi tía Herlinda y su esposo, Mariano. Esa vez mi
papá si tardó mucho tiempo en encontrar a mi mamá. Ella encontró trabajo en una
casa muy rica, grande y elegante, que estaba en la colonia Roma. Ella era la
cocinera. Se la pasaba cocinando y guisando mucho, pues eran como diez personas
las que vivían en esta casa, pero la patrona era buena. Como yo no estaba
bautizada por la iglesia católica romana, y ella insistió que debían de
bautizarme, y total que mi madre aceptó. La patrona fue mi madrina, y la verdad
que me llenó de regalos y cariños. Mi mamá estaba muy bien ahí, trabajando, y
nosotros también.
Mi tía se encariñó mucho con nosotros, y nos sacaba a pasear
a mi hermano y a mí, y los domingos nos llevaba a comer a la casa de la patrona
de mi tía. ¡Cómo me acuerdo que en esas comidas fue la primera vez que comí
caldo de pollo con plátano Roatán! Se sofreía un plátano y se le echaba al
consomé, todavía me acuerdo y se me antoja.
En esa época mis tíos nos sacaban a pasear, nos llevaban a
los caballitos, y eran muy felices con nosotros ahí porque ellos no habían tenido
hijos.
No recuerdo cuánto tiempo pasamos en México, pero poco
después mi papá, que había dejado de tomar otra vez, fue por mi mamá, y ya nos
regresamos todos con él a Xalapa.

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