miércoles, 11 de septiembre de 2013

10. Las desgracias nunca van solas


Mi papá en esa época, gracias a que ya no tomaba mucho, se hizo de un buen dinero. Compró la panadería, compró el coche, y la casa grande con los árboles frutales donde vivíamos. Pero siempre la desgracia nos ha perseguido, yo no sé si alguien más ha sufrido tanto como yo, y cuando veo que mis hijos sufren, yo pienso, ¿qué hice para tener esta maldición? Aún no lo sé. Supongo que así es la vida, pero yo he tenido unas épocas muy duras, muy difíciles y a pesar de mi edad, éstas todavía no terminan. 
Mi papá enfermó de repente, nunca supe de qué, supongo de algo del hígado por tanto que tomaba, y fue en esa época cuando se me acabó la felicidad.
Sin él trabajando en la panadería, el dinero que le daba a mi mamá para que guardara se gastó muy rápido en médicos y medicinas. Acreedores y prestamistas cayeron como zopilotes, cobrando hasta lo que no se debía. Mi mamá trataba de pagarles, pero el dinero se acabó. Mi papá tuvo que ser internado en un sanatorio que se conocía como El Lazareto, donde estuvo muy malo. El dinero se acabó rápidamente, y tuvo que vender la panadería, pero aún así, él no se aliviaba, y más medicina se le compraba y nada. Finalmente, tuvimos que vender la casa y nos tuvimos que ir a vivir con un primo de mi papá, mi tío Isaac y su esposa Julia.
Fue ahí que arrimados, y sin más dinero para curar a mi papá, que finalmente él murió. El velorio fue muy triste. De todos los amigos de parranda de mi papá, ninguno se asomó. Nadie nos visitó ni ayudó con mi padre muerto. En el velorio, yo me metí debajo del ataúd de mi papá, llorando como desesperada. Nadie me pudo sacar de ahí, porque yo sabía que dentro del ataúd estaba mi padre muerto y yo no lo quería dejar. Fue hasta el otro día que me venció el cansancio y fue en ese momento que me sacaron de ahí.
Como no había nadie quien cargara el ataúd de mi papá, porque mi hermano y yo estábamos chicos todavía, mi mamá tuvo que contratar a cuatro cargadores para que se llevaran el cuerpo al panteón, porque en esa época no había carros funerarios que llevaran los cuerpos de las casas a los panteones, se tenían que cargar. Yo ya no me pude despedir de mi papá, porque mi mamá ya no me dejó ir al panteón a ver como lo enterraban. Así, nunca pude ver a mi papá antes de que lo sepultaran, y mi tristeza se hizo cada vez más grande y terrible. Así, quedamos huérfanos, sin casa y sin dinero en muy poco tiempo. 
La felicidad en mi vida ha sido como encender un cerillo en el campo en la madrugada. Alumbra mucho, pero la luz dura poco y la oscuridad te envuelve enseguida nuevamente. Así fue mi vida, y los cerillos ya se me están acabando.
El texto original de Aurora

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