martes, 2 de octubre de 2012

4. De ojos abiertos y despedidas

Mi viejo decía que cuando se moría alguien, esperaba con los ojos abiertos al familiar que faltaba por despedirse, para que le cerrara los ojos. Cuando él murió, Lila, mi hija, acababa de irse a vivir a Orizaba. Se le avisó y cuando llegó se le había tratado de cerrar la boca y los ojos, pero hasta que ella llegó y lo abrazó fue que él cerró la boca. Mi viejo esperó a Lila para despedirse.
Una cosa muy diferente pasó con la pastora de la iglesia. Cuando ella murió, no sé dónde, en una ciudad de Estados Unidos, la llevaron en avión a Veracruz. Al llegar, sus familiares decidieron que el velatorio sería con el ataúd abierto. Yo no sé qué había pasado en el vuelo, se había movido o algo, pero cuando pasé a verla, a despedirme de la hermana Celia, ella tenía la cabeza chueca y la boca abierta en una mueca. Yo no sé a quién habrá estado esperando, pero creo que no llegó.
Cuando murió mi hijo Noecito, el que le seguía a Lila, esperó a su papá. Cuando lo tuve, mi mamá me estaba acompañando con la partera. Cuando salió, la partera dijo que le cuidara porque este niño no era de este mundo. Mi mamá se enojó mucho, ¿por qué estaba diciendo esas cosas de mi hijo? Yo no sé pero desde que nació, fue muy enfermizo. Nunca se le quitó el chorrillo que lo mató. Bueno, dicen que se murió de alferecía. Todo el tiempo estuvo débil, enfermizo siempre, pero qué lindo era el condenado chamaco. Cuando lo llevaba a la iglesia, no lo veía en todo el culto. Se pasaba el chamaco de brazo en brazo por toda la congregación. Muchas hermanas me decían "cuide usted al chamaco que está muy bonito, no le vaya a pasar algo". Yo no sé qué veían, pero pasó. Noecito murió a los nueve meses de nacido. Ni los doctores, ni las limpias, ni las curaciones, ni la tronada de empacho lo salvaron. Yo no recuerdo muy bien cómo murió, pero si sé que murió como a las diez de la mañana. Mi viejo se había ido a vender cosas al mercado y llegaba hasta la tarde. Mi niño se quedó quietecito, pero con los ojos abiertos. Mi hermano hasta le ponía un espejo para ver que no estuviera vivo todavía, pero no, Noecito ya estaba muerto. Lo dejamos en la cama, la hermana de mi viejo, Pina, me ayudó a ponerle el altar, a colgar las sábanas en las paredes y todo para la velada. Pero los ojos no los cerraba el chamaco. Yo se los cerraba y luego los volvía a abrir.
Espiridión llegó hasta las cinco de la tarde. Cuando entró y vio que el niño se había muerto sufrió mucho. Lo cargó, lo abrazó y le cerró los ojos. El chamaco en ese momento yo creo que descansó y se despidió de su papá, porque ya no los volvió a abrir. Desde ese momento yo creo que siempre esperan a alguien para despedirse. Noecito esperó a su papá, mi viejo esperó a Lila, yo no sé a quién esperaré, pero de lo que si estoy segura es que Celia se quedó esperando a alguien. Pobre.