jueves, 29 de agosto de 2013

6. La huerta en 20 de noviembre



 Ya cuando era más grandecita, mi papá compró una casa que estaba sobre la avenida 20 de noviembre, una de las principales calles de Xalapa. Estaba muy cerca del Cementerio Particular, famoso porque ahí se enterraban a los ricos de la ciudad. En esa casa fuimos muy felices, porque la casa tenía una huerta muy grande en la parte trasera, lleno de árboles frutales, que todo el año estaban dando sus frutos: naranjas, pomarrosas, jinicuiles, aguacates, berenjenas, zapote negro y blanco. Eran tantos los árboles que cuando llegaba el tiempo de la naranja, mi papá la vendía, contrataba cortadores y llenaban carros con la cosecha, mientras mi hermano y yo sólo veíamos a los hombres cargar los carros, y comíamos y comíamos naranjas. Definitivamente éramos felices.
Recuerdo que una vez que mi papá estaba un poco tomado, nos llevó al fondo de la huerta a cortar su fruta favorita, la pomarrosa. Ya era tarde y se fue oscureciendo, y mi papá nos dejó cortando las pomarrosas mientras él se dio la vuelta para orinar. Mi hermano y yo entonces vimos a un costado del árbol, en la penumbra como, de repente, apareció un bulto de la altura de un hombre. Lo que mejor se distinguía era que traía un sombrero, que se veía gracias a un cigarro que traía encendido en la oscuridad. Lo raro de asunto es que mi papá nunca fumó, y cuando lo encontramos a la vuelta de los árboles, y le contamos que habíamos visto a alguien —o algo—, también se quedó espantado, porque no encontró a nadie después. Mi papá nos tomó de las manos y salimos corriendo para la casa. Desde ese día, mi papá no volvió a ir a la huerta de noche, porque le tenía miedo de los espantos que habíamos visto.
A pesar de estos sustos, esa fue la época más feliz de mi infancia.

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