Recuerdo que una vez que mi papá estaba un poco tomado, nos
llevó al fondo de la huerta a cortar su fruta favorita, la pomarrosa. Ya era
tarde y se fue oscureciendo, y mi papá nos dejó cortando las pomarrosas
mientras él se dio la vuelta para orinar. Mi hermano y yo entonces vimos a un
costado del árbol, en la penumbra como, de repente, apareció un bulto de la
altura de un hombre. Lo que mejor se distinguía era que traía un sombrero, que
se veía gracias a un cigarro que traía encendido en la oscuridad. Lo raro de
asunto es que mi papá nunca fumó, y cuando lo encontramos a la vuelta de los
árboles, y le contamos que habíamos visto a alguien —o algo—, también se quedó
espantado, porque no encontró a nadie después. Mi papá nos tomó de las manos y
salimos corriendo para la casa. Desde ese día, mi papá no volvió a ir a la
huerta de noche, porque le tenía miedo de los espantos que habíamos visto.
A pesar de estos sustos, esa fue la época más feliz de mi
infancia.
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