Mi padre me quería mucho y yo a él, a pesar de que era
borracho. Esto no le quitaba que era muy
buena persona, para mi era mi ídolo. Mi adoración por mi padre se hizo más
grande cuando, yo estando muy pequeña, me enfermé de tosferina. A él le dijeron
que el remedio para la enfermedad era que me diera a tomar sangre de vaca. Él,
todo angustiado, se iba todos los días al rastro, y no sé si compraba o le
regalaban la sangre, pero se regresaba rápido a la casa y me daba a beber la
sangre todavía calientita. Yo no recuerdo si me gustaba o no, pero me tomaba
todo lo que me daban. También en esa época teníamos una burra negra, que daba
la casualidad que estaba criando, así que también me daban de su leche, en otro
de las remedios que le habían dicho que había para curar esta enfermedad, muy
grave en aquella época. La gente les decía a mis papás que estaba yo anémica, y
pues afortunadamente, con sangre de vaca y leche de burra negra, sobreviví a la
tosferina y miren que sigo acá, vieja y cansada.
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