Mi nombre es Aurora Díaz. Y la historia de mi vida empieza desde que nací. Bueno, eso creo, pero realmente la historia de uno empieza desde antes, desde la madre, el padre, los abuelos y el resto de historias que no sabemos y que se pierden siempre. Pero empecemos esta historia con mi nacimiento. No estoy muy segura del día exacto, me confundo muy seguido. No sé si fue el 15 o el 18 de junio de 1926. Como casi todas las historias, la mía empieza con los dolores de parto de mi madre. Ella se llamaba Antonia Rodríguez Estrada. Los dolores que le causé a mi pobre madre fueron muchos. Mi madre estuvo tres días con dolores de parto. Ella era primeriza. Parece que el estar mucho tiempo con dolores de parto en los primogénitos es algo que se hereda a las hijas, como a mi hija, quien también duró mucho tiempo con dolores. Pero eso es mucho más tarde. Al tercer día de los dolores de mi madre, la partera que la atendía le dijo que si quería vivir y que saliera yo viva y bien, tenía que tomarse los orines de mi papá. Ella, agotada después de tres días, se los tomó sin quejar. Gracias a los dolores de mi madre y los orines de mi padre, nací el 15 de junio, si, creo que fue ese el día de mi nacimiento en la ciudad de Xalapa, en Veracruz.
Según sé, por lo que me contaba mi madre, fui la alegría de mis padres. Los dos se llamaban igual, ella Antonia y él, Antonio Díaz Pino. Ambos habían nacido el 13 de junio, día de San Antonio de Padua. Esa felicidad de ser hija única, que yo no recuerdo, fue bastante breve, pues al año y medio nació mi hermano Vicente. La felicidad que me contaba mi madre no lo era tanto, pues otras veces, cuando el tiempo estaba malo, y el frio lo sentía en los huesos, me contaba las partes tristes. En esos momentos me contaba que cuando estaba embarazada de mi hermano, ella huyó y dejó a mi papá. El problema era que mi papá tomaba mucho, y mi mamá nunca me contó con detalle el por qué había decidido abandonarlo en pleno embarazo.
Mi madre no tenía más familia en Xalapa con quien huir, así que se decidió que íbamos a tomar el tren a México, donde vivía su hermana. Mi tía y mi mamá parece ser que ya tenían planeado el escape, pero no contaban con que a mi madre le empezaran los dolores de parto en el tren casi llegando a la capital. Mi tía ya nos estaba esperando en la estación y al ver a mi madre con los dolores de parto, tuvo que llevarla al hospital. Así, mi hermano nació en medio de incertidumbres, pero en hospital, y nació en la Ciudad de México. Yo no recuerdo a mi tía de México, pero lo que si sé es que vivimos en su casa un mes, hasta que mi papá fue a la ciudad a buscarnos.
Él estaba muy arrepentido, y le rogó mucho a mi mamá, diciéndole que no volvería a tomar si regresaba a Xalapa con él. Ésta promesa, como casi todas las promesas en la vida, son difíciles de cumplir, y mi papá volvió a tomar. Pero mi madre se dejó llevar y nos regresamos a Xalapa. Supongo que ese fue uno de los momentos que podrían habernos cambiado la vida, el habernos quedado en México, hacer una nueva vida allá… pero la vida es lo que es y mi vida se decidió en Xalapa, al lado de mi madre, padre, mi hermanito, y la botella de alcohol de la promesa rota.
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