lunes, 16 de enero de 2012

3. Entre alcoholes te veas


El tema del alcohol con mi padre fue una causa de sufrimientos constante.
Él cumplió su promesa de no tomar,  solo lo que duró el trayecto de México a Xalapa. Una vez en casa, las cosas retomaron su cotidianidad. Mi padre bebiendo y mi madre sufriendo. Prefiero empezar estas historias por lo triste y que después lo bonito vaya saliendo, porque mi papá, cuando no tomaba, era un hombre muy bueno. Pero ahora, que estoy sentada en mi cama, sudando, y con el miedo aún de la pesadilla, creo que es tiempo de que cuente esta tristeza.
Fue un día del cumpleaños de mis papás, Toño y Toña, un 13 de junio. Yo estaba muy chica, tendría unos cuatro o cinco años. Mi mamá había hecho una cazuela con mole y otra con arroz para festejar el día. Todo estaba listo para que cuando llegara mi papá de trabajar comiéramos esos platos. El mole era un platillo muy elaborado, molido en metate, nada de esas cosas que venden ahora empacadas y que saben a grasa rancia. El mole era el platillo de fiestas, y ese día mi mamá y mi papá estaban de fiesta. Estábamos esperando que llegara mi papá cuando lo vimos que venía por la calle. Se balanceaba de un lado al otro, estaba borracho. Desde la reja de la casa en que vivíamos, empezó a gritarle a mi madre. Nunca entendí por qué se enojaba de esa manera con mi mamá, pero cuando llegó ese día, gritaba: “Ahorita me voy a beber tu sangre para festejar”, eso lo repetía una y otra vez mientras intentaba entrar. Al llegar a la mesa donde estaban las cazuelas, mi papá las estrelló contra el piso, y todo el arroz y el mole se desperdigó. Unos cochinitos que tenían mis papás para crianza de abalanzaron sobre el arroz, y mientras, mi mamá aprovechó y nos jaló para que saliéramos corriendo a la casa de los vecinos. Salimos por la parte de atrás y nos fuimos a su patio. Ellos ya sabían cómo era mi papá borracho, así que nos escondieron debajo de una troje de maíz que tenían. Las trojes son de las cosas que ya no existen, que se acabaron con el tiempo, pero eran tapancos de madera en las cuáles se almacenaba el maíz seco, en mazorca, antes de que se desgranara para hacer el nixtamal. La troje de los vecinos tenía un hueco bastante grande abajo, así que ahí cabíamos mi mamá, mi hermano y yo. Cuando mi papá llegó a buscarnos, nosotros ya estábamos bien escondidos. Nosotros nada más oíamos cómo le gritaba a los vecinos que nos sacaran. Ellos le decían que no estábamos ahí, pero él entró por la fuerza y se puso a hurgar por todos lados. Mi mamá nada más nos decía que nos quedáramos quietos y callados.  Así, en silencio, el buscó por toda la casa y el patio, pero nunca se le ocurrió buscar debajo de la troje. La vecina le dijo que se fuera, que no estábamos dentro, y él se fue. Después de un rato, que me pareció mucho tiempo, la vecina se acercó a decirnos que ya podíamos salir. Estábamos muy asustados, y como ya había oscurecido, la vecina, temerosa de que nos fuera a hacer algo mi papá, nos dijo que nos quedáramos a dormir con ellos esa noche.
Al otro día, nos regresamos a la casa, y mi papá no estaba. Esa tarde regresó mi papá. Seguía borracho y traía su pistola. En esa época, las pistolas eran más comunes que ahora, casi en todas las casas había una, creo que como parte de los recuerdos de la guerra, y que era una manera de defender lo poco que había. Mi papá tenía su pistola, y apuntaba como loco. Esa tarde aventó a mi mamá contra una pared, con todo y nosotros. Ella estaba cargando a mi hermano, todavía era un niño muy chico, y yo estaba pegada a su falda, agarrada de la mano que tenía libre. Mi papá le gritó que ya era su hora y encañonó a mi mamá en el pecho. Al verlo, empecé a llorar con mucha angustia, de la desesperación y el miedo, y le gritaba a mi papá que ya no le pegara a mi mamá, que no la matara. Él, al oírme y verme, bajó la pistola y le dijo a mi mamá: Nada más por tu hija que no te mato. Aventó la pistola y se fue a la calle.
No regresó por varios días a la casa, pero cuando llegó, ya estaba sobrio y le pidió perdón a mi mamá, y a nosotros. Ese es uno de los recuerdos más tristes que tengo de  mi papá. Es por ello que cuando veo a alguien borracho, me da miedo y recuerdo aquella vez de mi padre. Pero los problemas con el alcohol parece que me persiguen, pero cada vez estoy más cansada, con menos fuerza de resistir. Hay veces que sueño, como hoy,  que mi papá no me hace caso. Cuando dispara, despierto y siento como si saliera de un hoyo muy profundo. Me siento en la cama sudando y asustada, pero recuerdo entonces que mi papá no disparó. Y eso fue gracias a mí.

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