El tema del alcohol con mi padre fue una causa de
sufrimientos constante.
Él cumplió su promesa de no tomar, solo lo que duró el trayecto de México a
Xalapa. Una vez en casa, las cosas retomaron su cotidianidad. Mi padre bebiendo y
mi madre sufriendo. Prefiero empezar estas historias por lo triste y que
después lo bonito vaya saliendo, porque mi papá, cuando no tomaba, era un
hombre muy bueno. Pero ahora, que estoy sentada en mi cama, sudando, y con el miedo aún
de la pesadilla, creo que es tiempo de que cuente esta tristeza.
Fue un día del cumpleaños de mis papás, Toño y Toña, un 13
de junio. Yo estaba muy chica, tendría unos cuatro o cinco años. Mi mamá había hecho
una cazuela con mole y otra con arroz para festejar el día. Todo estaba listo
para que cuando llegara mi papá de trabajar comiéramos esos platos. El mole era
un platillo muy elaborado, molido en metate, nada de esas cosas que venden
ahora empacadas y que saben a grasa rancia. El mole era el platillo de fiestas,
y ese día mi mamá y mi papá estaban de fiesta. Estábamos esperando que llegara
mi papá cuando lo vimos que venía por la calle. Se balanceaba de un lado al
otro, estaba borracho. Desde la reja de la casa en que vivíamos, empezó a
gritarle a mi madre. Nunca entendí por qué se enojaba de esa manera con mi
mamá, pero cuando llegó ese día, gritaba: “Ahorita me voy a beber tu sangre
para festejar”, eso lo repetía una y otra vez mientras intentaba entrar. Al
llegar a la mesa donde estaban las cazuelas, mi papá las estrelló contra el
piso, y todo el arroz y el mole se desperdigó. Unos cochinitos que tenían mis
papás para crianza de abalanzaron sobre el arroz, y mientras, mi mamá aprovechó
y nos jaló para que saliéramos corriendo a la casa de los vecinos. Salimos por
la parte de atrás y nos fuimos a su patio. Ellos ya sabían cómo era mi papá
borracho, así que nos escondieron debajo de una troje de maíz que tenían. Las
trojes son de las cosas que ya no existen, que se acabaron con el tiempo, pero
eran tapancos de madera en las cuáles se almacenaba el maíz seco, en mazorca,
antes de que se desgranara para hacer el nixtamal. La troje de los vecinos
tenía un hueco bastante grande abajo, así que ahí cabíamos mi mamá, mi hermano
y yo. Cuando mi papá llegó a buscarnos, nosotros ya estábamos bien escondidos.
Nosotros nada más oíamos cómo le gritaba a los vecinos que nos sacaran. Ellos
le decían que no estábamos ahí, pero él entró por la fuerza y se puso a hurgar
por todos lados. Mi mamá nada más nos decía que nos quedáramos quietos y
callados. Así, en silencio, el buscó por
toda la casa y el patio, pero nunca se le ocurrió buscar debajo de la troje. La
vecina le dijo que se fuera, que no estábamos dentro, y él se fue. Después de
un rato, que me pareció mucho tiempo, la vecina se acercó a decirnos que ya
podíamos salir. Estábamos muy asustados, y como ya había oscurecido, la vecina,
temerosa de que nos fuera a hacer algo mi papá, nos dijo que nos quedáramos a
dormir con ellos esa noche.
Al otro día, nos regresamos a la casa, y mi papá no estaba.
Esa tarde regresó mi papá. Seguía borracho y traía su pistola. En esa época,
las pistolas eran más comunes que ahora, casi en todas las casas había una,
creo que como parte de los recuerdos de la guerra, y que era una manera de
defender lo poco que había. Mi papá tenía su pistola, y apuntaba como loco. Esa
tarde aventó a mi mamá contra una pared, con todo y nosotros. Ella estaba
cargando a mi hermano, todavía era un niño muy chico, y yo estaba pegada a su
falda, agarrada de la mano que tenía libre. Mi papá le gritó que ya era su hora
y encañonó a mi mamá en el pecho. Al verlo, empecé a llorar con mucha angustia,
de la desesperación y el miedo, y le gritaba a mi papá que ya no le pegara a mi
mamá, que no la matara. Él, al oírme y verme, bajó la pistola y le dijo a mi
mamá: Nada más por tu hija que no te mato. Aventó la pistola y se fue a la
calle.
No regresó por varios días a la casa, pero cuando llegó, ya
estaba sobrio y le pidió perdón a mi mamá, y a nosotros. Ese es uno de los
recuerdos más tristes que tengo de mi
papá. Es por ello que cuando veo a alguien borracho, me da miedo y recuerdo
aquella vez de mi padre. Pero los problemas con el alcohol parece que me
persiguen, pero cada vez estoy más cansada, con menos fuerza de resistir. Hay
veces que sueño, como hoy, que mi papá
no me hace caso. Cuando dispara, despierto y siento como si saliera de un hoyo
muy profundo. Me siento en la cama sudando y asustada, pero recuerdo entonces
que mi papá no disparó. Y eso fue gracias a mí.
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